Tus primeros días en un trabajo nuevo venían con un superpoder que nadie te mencionó: veías cosas que los demás ya no podían ver.
Una reunión semanal que empezaba diez minutos tarde, siempre, sin que nadie lo hubiera decidido así. Una forma de escribir los correos que todo el mundo copiaba de todo el mundo. Un ritual de los lunes que existía porque había existido el lunes anterior.
Tú lo viste y, quizás, hasta preguntaste por qué se hacía de ese modo. Luego, en algún momento entre la segunda y la octava semana, ese superpoder desapareció.
Las metáforas
Dan Brown formula esta especie de mecanismo en El código Da Vinci con más precisión de la que uno esperaría encontrar en una novela best-seller llena de sociedades secretas y conspiraciones:
«Las metáforas ayudan a nuestra mente a procesar lo improcesable. Los problemas surgen cuando empezamos a creer literalmente en nuestras propias metáforas».
El personaje habla de religión, pero el mecanismo funciona en cualquier lugar donde convivimos personas. Creamos metáforas para explicar las convenciones con las que vivimos y, con el tiempo, ya no distinguimos lo que se hace por costumbre de lo que de verdad tiene sentido.
Una empresa no dice que tiene empleados, dice que tiene «talento».
No despide a personas, «redimensiona la organización».
No obliga a volver a la oficina, «recupera la cultura».
No celebra una reunión que podría haber sido un correo, «alinea al equipo».
Las metáforas no son necesariamente mentiras, a veces son la única forma de explicar una realidad compleja sin empezar desde cero cada mañana. El problema aparece cuando olvidamos que eran herramientas y empezamos a tratarlas como descripciones literales. La metáfora empieza explicando la realidad. Después, lentamente, empieza a taparla.
La mirada inocente
Eduardo Mendoza escribió una novela entera sobre alguien que todavía no conoce esas explicaciones.
En Sin noticias de Gurb (un libro con el que llegué a llorar literalmente de la risa) dos alienígenas llegan a la Barcelona de principios de los noventa. Gurb desaparece después de adoptar la apariencia de Marta Sánchez y su compañero sale a buscarlo. El alienígena observa coches, bares, colas y dinero con la precisión de quien entiende lo que ocurre, pero no por qué alguien querría que ocurriera así. En un momento del libro anota:
«Según parece, los seres humanos se dividen, entre otras categorías, en ricos y pobres. Es esta una división a la que ellos conceden gran importancia, sin que se sepa por qué. La diferencia fundamental entre unos y otros parece ser que los ricos, allí donde van, no pagan, por más que adquieran o consuman lo que se les antoje. Los pobres, en cambio, pagan hasta por sudar».
No necesita hablar de mérito, esfuerzo ni desigualdad. Solo describe lo que ve, y al decirlo sin rodeos, la costumbre pierde su apariencia de normalidad.
Brown diagnostica el problema. Mendoza propone una forma de verlo: colocar delante de la realidad a alguien que todavía no conoce las palabras con que solemos justificarla.
El método alienígena
El método alienígena consiste en describir lo que ocurre sin tener el contexto y sin usar los términos o los mecanismos que hacen que parezca normal.
El alienígena no sabe que la reunión de los lunes sirve para alinear, ve a doce personas sentadas durante una hora mientras solo dos hablan, nueve miran una pantalla y una responde mensajes debajo de la mesa.
No sabe que una familia cena junta por tradición, ve a cuatro personas que se quieren mirando cuatro teléfonos mientras comparten una mesa.
No sabe que alguien está «muy ocupado», ve a una persona que abre el correo cada tres minutos, empieza seis cosas y termina el día convencida de que no tuvo tiempo para ninguna.
Sin la metáfora, queda el comportamiento. Y el comportamiento, visto de cerca, suele ser menos elegante que la explicación.
Hace tiempo que intento hacer algo parecido cuando una explicación empieza a sonar demasiado convincente. Si una reunión es «importante», describo qué ocurre dentro sin usar esa palabra. Si una decisión se justifica «por el cliente», compruebo si algún cliente la pidió, la usa o si realmente la nota. No siempre aparece una contradicción: hay reuniones necesarias y decisiones que de verdad benefician a quien compra. Pero algunas ideas solo funcionan mientras nadie distingue entre los hechos y la interpretación que les ponemos encima. En cuanto alguien separa las dos capas, la idea se cae.
Intentando aplicar el método
El límite del método es que mirar desde fuera también borra matices que solo existen desde dentro. Sin contexto, muchas cosas sensatas parecen absurdas: cuidar durante años a alguien que ya no te reconoce, mantener una tradición incómoda, trabajar meses en algo que quizá fracase. Gurb, como observador externo, ve lo que nosotros ya no vemos, y se pierde todo lo que solo puede entenderse desde dentro. Por eso el método no consiste en desconfiar de todas nuestras historias: consiste en salir un momento de la explicación, intentar mirar desde fuera y comprobar qué queda.
Hace semanas lo intenté aplicar a esta newsletter. La descripción elegante es que busco conexiones no evidentes entre lecturas. Gurb probablemente anotaría en su diario otra cosa:
«Humano guarda cientos de frases escritas por otros humanos. Después pasa varias horas intentando demostrar que dos de ellas estaban hablando entre sí sin saberlo».
Las dos descripciones son ciertas, pero la segunda me obliga a recordar algo que la primera oculta: no basta con encontrar una conexión. Si, al quitarle el título y la explicación, no queda una observación que cambie la forma de mirar algo, entonces solo he puesto dos frases juntas.
Leí «Sin noticias de Gurb» hace muchos años sin entender del todo por qué me parecía tan exacto, incluso habiéndome hecho reír tanto. Más tarde trabajé en algunas empresas y lo entendí, pero después pasó el tiempo y dejé de verlo. Creo que eso también estaba escrito en el libro.
Aplicar el método una vez es fácil; mantenerlo es lo difícil. El propio alienígena de Mendoza, hacia el final del libro, empieza a entender tanto que deja de ver lo extraño. El único chiste malo de todo libro es que el superpoder también se le acaba a él.

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