En este número 3 de Conexiones no evidentes quiero hablarte de algo:
Hace un tiempo leí una frase de Murakami en Al sur de la frontera, al oeste del sol con la que estuve días dándole vueltas tras leer el libro, una de esas frases que apunté en mi nota de frases a recordar (y de donde salen estos artículos de mi newsletter):
«Cuando leo un libro malo, sólo pienso que he perdido el tiempo. Quizá tenga que ver con hacerse viejo».
No es una declaración dramática. Es el pensamiento que aparece cuando llevas dos horas viendo el techo a las once de la noche preguntándote qué has hecho exactamente con el día. El libro que cogiste y dejaste a medias; la reunión que no llevó a ninguna parte; la tarde que se evaporó sin que puedas explicar bien cómo.
Murakami lo formula como un síntoma de la edad. Pero la ansiedad que describe no pertenece a ninguna edad en particular, pertenece a quien mide.
¿Cuál es el problema?
El problema no es el día mediocre, el problema es la escala que usas para medirlo.
Cuando Murakami dice que ha perdido el tiempo, está usando una escala absoluta: el día comparado con su versión óptima, con lo que podría haber producido, pensado, avanzado. Es la escala más común, la que aprendimos sin que nadie nos la enseñara: La jornada tiene un potencial teórico y cualquier distancia respecto a ese potencial es pérdida.
Bajo esa métrica, hay días que no pasan la prueba. El día que estás resfriado pero no lo suficiente como para quedarte en cama; el día después de una noche mala; el día en que no conectas con nada y vas arrastrando las horas de una tarea a otra sin tracción real. Bajo la escala absoluta, esos son días perdidos. El tiempo se fue y no volvió con nada a cambio.
Pero hay otra escala posible. La formulé hace tiempo tras haber oído o leído una frase similar:
«Si un día estás al 15 % de energía y has dado ese 15 %, has dado el 100 % de tu energía».
La diferencia entre las dos métricas no es optimismo versus pesimismo. Es precisión versus imprecisión.
Escalas de medición del tiempo
La escala absoluta asume que la capacidad es constante. Que el lunes de enero equivale al lunes de julio; que después de dormir bien es lo mismo que después de una crisis; que el cuerpo y la mente entregan siempre desde el mismo punto de partida. Esa asunción es falsa y todos lo sabemos, sin embargo, seguimos usando la escala como si fuera verdad.
La escala relativa no dice que todos los días son igualmente buenos: dice que el denominador cambia. Que medir la producción de un día sin medir la energía disponible ese día es como calcular la eficiencia de un motor sin saber cuánto combustible tenía en el depósito.
Murakami tiene razón: ese día con el libro que dejó a medias y los pensamientos que no llevaron a ninguna parte es una forma de perder el tiempo bajo la métrica absoluta. Pero si ese día Murakami tenía el 20 % de energía disponible y lo dedicó entero a intentar leer, a intentar pensar, a moverse aunque fuera despacio, entonces no perdió el tiempo, lo usó todo. La métrica absoluta confunde un depósito casi vacío con un motor averiado.
Reconocer esto cambia algo más que la manera de evaluar los días malos
Cambia lo que se puede exigir. Si la capacidad es variable (y lo es, inevitablemente, para cualquier persona que vive en el mundo real) entonces la exigencia tiene que ser variable también. No menor, sino calibrada. La misma energía relativa que en un día óptimo produce diez páginas, en un día al 15 % puede producir un párrafo. Ese párrafo, bien medido, vale lo mismo.
Lo que la métrica absoluta llama fracaso, la métrica relativa lo llama resultado proporcional. Son la misma cosa descrita desde dos instrumentos distintos. Y el instrumento que eliges determina si terminas el día con la sensación de haber desperdiciado horas o con la sensación de haber hecho lo que había que hacer. No es resignación, es exactitud.
Murakami asocia la ansiedad del tiempo perdido con hacerse viejo. Quizás tiene razón, pero no exactamente por el motivo que sugiere. No es que con la edad uno tenga menos tiempo y, por tanto, cada día perdido duela más; es que con la edad la acumulación de días mal medidos pesa. Años de aplicar la escala equivocada dejan un saldo negativo ficticio: la sensación de no haber llegado nunca, de estar siempre por debajo, de que el tiempo pasa y uno no está a la altura de lo que se supone que debería haber conseguido con él.
Ese saldo no existe. Está fabricado por el instrumento de medición, no por los hechos. El día mediocre no se mide contra el día máximo. Se mide contra lo que tenías disponible ese día.
Y si lo que tenías era el 15 % y lo diste entero, el día fue completo.
¿Cuántos días has dado por perdidos midiendo con la escala equivocada? Yo todavía sigo equivocándome usando la escala incorrecta.

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