Tú también has vivido ese momento: cuando algo por fin parece firme. Un puesto, una relación que se sostenía sola, un nombre que la gente reconocía sin que tú lo dijeses. Mirabas alrededor y, por una vez, no tenías miedo: lo habías construido, era tuyo, se sostenía solo.

Confundiste estabilidad con permanencia y, justo entonces, sin darte cuenta, dejaste de mirar el suelo.

En Si pudiera volver atrás, Marc Levy escribe una frase que subrayé al leer el libro:

Quizá pienses que estás en lo más alto, pero de los pedestales sólo se puede caer.

Tardé tiempo en entender que no hablaba de los demás: hablaba de cualquiera que tenga algo que perder. Hablaba de mí.

Un hombre que llegó a Barcelona sin nada

Eduardo Mendoza cuenta en La ciudad de los prodigios la historia de Onofre Bouvila. Llega a Barcelona sin nombre: un chaval del campo, con hambre y un fajo de panfletos que repartir por las fábricas. Mendoza lo resume en un pensamiento del propio Bouvila:

Uno más, pensó, una sardina diminuta que la ballena se tragará sin darse cuenta.

Comienza repartiendo panfletos, después vende humo, luego vende poder y más tarde vende cosas de las que es mejor no saber. Y sube. Sube hasta comprar influencia, intervenir en la ciudad y sentarse cerca de quienes mandan, mirando Barcelona desde arriba como quien mira algo que le pertenece, pero no se dio cuenta de que dejó de mirar el suelo.

La novela no celebra ese ascenso, lo observa como una mecánica precisa: Bouvila cae porque construyó lo máximo que podía construir, y eso significa, con exactitud matemática, que llegó a tener lo máximo que perder.

¿Por qué subir es ya empezar a caer?

Un primer pensamiento: la altura cambia lo que miras. Cuando estás abajo, miras el suelo, verificas, sabes lo que pisas, compruebas cada paso. No puedes permitirte el descuido, así que prestas atención a lo básico: lo que sostienes, lo que debes cuidar, lo que todavía no está garantizado.

Pero cuando subes un poco, la atención se desplaza. Ya no miras lo que te sostiene, miras lo que te rodea. Empiezas a compararte con lo que está a tu mismo nivel, con lo que está aún más arriba y a imitar el lenguaje de quienes ocupan posiciones aún más altas. Esa es una forma elegante de comenzar a perder estabilidad.

Otro pensamiento, este quizás algo más incómodo: cuando llevas tiempo arriba, solo quieres parecerte a quienes ocupan pedestales aún más altos. Imitas sus formas, su lenguaje, su manera de estar en el mundo. Crees que eso te protege, pero en realidad te desplaza. Porque mientras te esfuerzas en parecerte a ellos, dejas de hacer aquello que te llevó hasta ahí.Otro pensamiento, este quizás algo más incómodoOtra teoría, esta quizás algo más incómoda: cuando llevas tiempo arriba, solo quieres parecerte a quienes ocupan pedestales aún más altos. Imitas sus formas, su lenguaje, su manera de estar en el mundo. Crees que eso te protege, pero en realidad te desplaza. Porque mientras te esfuerzas en parecerte a ellos, dejas de hacer aquello que te llevó hasta ahí.

La caída rara vez empieza con un gran error. Empieza con una pequeña renuncia: dejas de revisar el suelo porque llevas demasiado tiempo convencido de que sigue ahí, y lo que das por hecho es siempre lo primero que se va.

La sardina del libro de Mendoza quiso parecer una ballena, y en ese gesto de transformación se encalló en la orilla.

Lo que hoy das por hecho

No voy a terminar esto con una lista de consejos para no caerte. Bouvila era más listo que yo y no lo evitó; Levy no tiene una solución; yo tampoco. Solo existe el mecanismo. Saber cómo funciona la caída no exime de caer.

Piensa en tus pedestales de ahora. No el grande, los pequeños. Ese cargo que ya ni mencionas porque das por hecho que es tuyo; esa relación que no revisas porque prefieres llamar madurez a la costumbre; esa casa en calma solo porque nadie ha dicho todavía lo que piensa.

Esos son pedestales también. En cada uno hay una misma ilusión: creer que la estabilidad es un estado y no una negociación constante. El suelo no desaparece de golpe: primero deja de ser visible, luego deja de ser prioridad. ¿Seguro que quieres apartar la vista?

El problema no es subir; el problema es confundir la cima con un lugar seguro.

Quizás todavía tienes presente tu suelo. Por ahora.


Junio de 2026. Escribo esto desde un pedestal que no sé nombrar del todo. Quizá por eso sigo aquí: porque mientras no lo nombro, todavía puedo fingir que no me sostengo sobre él. Ese es el riesgo real: creer que el suelo es una costumbre hasta que deja de serlo.

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