Tienes una vida paralela. No la has vivido, pero la visitas. Está hecha de la ciudad a la que no te mudaste, del trabajo que rechazaste, de la persona a la que un día dejaste de escribir sin avisar. De vez en cuando, casi siempre de noche, te asomas a ella y te preguntas qué habría pasado, qué te esperaba en la dirección que no tomaste.
No hablo de la gran decisión que aparece en las películas; tampoco de un cruce de caminos perfectamente señalizado. Hablo de esas pequeñas desviaciones que apenas parecían importantes cuando ocurrieron, como una conversación que no tuviste, una llamada que no devolviste, un lugar al que decidiste no ir o una persona a la que dejaste marchar.
Con los años, esas direcciones no tomadas adquieren un brillo extraño. Como si siguieran ahí, intactas, esperándonos. Como si bastara con volver sobre nuestros pasos.
Con los años, sospecho que no funciona así.
Hay una frase, mezcla de la letra Peces de ciudad de Joaquín Sabina y a saber qué más, que lleva mucho tiempo anotada en mi vieja Moleskine porque resume esta idea mejor de lo que yo sabría hacerlo:
«Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver; tal vez el sitio sea el mismo, pero descubras que el que visita ya no es el mismo».
No habla del lugar, habla del viajero.
Pensamos que la dirección que no tomamos sigue conduciendo al mismo sitio. Sin embargo, cuando por fin nos decidimos a recorrerla, descubrimos algo impactante o, cuanto menos, incómodo: ya no somos la persona que habría llegado allí.
Sí, la dirección es la misma, pero el viajero no.
Quizás por eso muchas de esas búsquedas terminan produciendo una sensación extraña. No encontramos lo que perdimos porque lo que perdimos pertenecía a alguien que ya no existe.
Gabriel García Márquez lo dijo con una crudeza difícil de mejorar en su inolvidable libro Cien años de soledad:
«El pasado era mentira, la memoria no tenía caminos de regreso, toda primavera antigua era irrecuperable».
Siempre me ha impresionado esa cita que subrayé hace muchos años al leer el libro.
No porque el pasado sea falso, sino porque nuestra memoria lo convierte en un lugar al que creemos poder volver. Como si estuviera esperándonos al final de una carretera. Como si aún pudiera ser habitado.
Pero la memoria no tiene caminos de regreso, solo tiene caminos de recuerdo, y eso son dos cosas distintas.
Tal vez por eso la dirección no tomada resulta tan seductora: nunca tuvo la oportunidad de decepcionarnos. Nunca envejeció, nunca se enfrentó a la realidad, sigue existiendo en un estado perfecto, protegida por la imaginación.
Nos imaginamos una encrucijada. Casi nunca la hubo.
Pensamos en la dirección no tomada como un cruce de caminos con señales: a un lado, esta vida; al otro, la otra. Un momento solemne, reconocible, con música de fondo. Solemos imaginar que esas direcciones nacieron en grandes encrucijadas, pero rara vez fue así.
No había un cartel gigantesco advirtiéndonos «tu vida cambiará a partir de aquí».
Mi queridísima Sara Ventas escribió (y yo lo resalté) en su libro Treinta postales de distancia:
«¿Alguna vez te has parado a pensar en lo grande que puede ser un cambio provocado por algo que produce un solo instante?»
Sara habla de «un instante».
No una decisión épica, no un discurso, no una revelación.
Un instante.
Un simple mensaje que no enviaste, una llamada que no devolviste, un sí que se quedó en duda.
Sin embargo, seguimos pensando en ese otro camino como si siguiera ahí, intacto, esperándonos. Como si pudiéramos volver, como si la alternativa estuviese congelada en el tiempo, aguardando a que lleguemos a ser quienes no fuimos.
Félix J. Palma lo expresa de otra forma en el fantástico libro El mapa del tiempo:
«Somos los autores de nuestro propio destino: lo escribimos cada día con cada una de nuestras acciones».
La dirección no tomada fue un gesto mínimo, una acción cotidiana, una decisión aparentemente insignificante que solo revela su importancia cuando, al cabo de los años, la observamos mirando atrás.
La otra vida nunca existió
Si nadie nos puso nunca delante de un cruce señalizado, quizá preguntarse qué nos esperaba en la dirección que no tomamos sea preguntar por un lugar que nunca existió.
La otra vida no es un camino que dejamos sin recorrer: es un espejismo que fabricamos hacia atrás, esa primavera antigua de García Márquez que coloreamos a nuestra conveniencia.
Y, sin embargo, seguimos mirando.
Quizás nunca sepamos qué nos esperaba en la dirección que no tomamos. Quizás tampoco importe. ¿O sí?
Me considero una persona melancólica. Muy melancólica.
Mi dirección no tomada tiene nombre y fecha: Castelldefels, agosto de 1986. Mi bicicleta BH, mi amigo Martín, el ruido del mar de fondo y el aroma resinoso de los cipreses de seto que el calor de la tarde hacía más intenso hasta mezclarlo con el salitre.
Era el día que marchaba de allí. Montado en el SEAT 127 de mis tíos, sabía, sabiendo sin querer saber, que ya no volvería jamás; que mis veranos serían en otro lugar, con otra bicicleta, con nuevos amigos, con otros ruidos de fondo y con otros aromas.
Durante años imaginé aquello intacto, esperándome, como si bastara con volver sobre mis pasos. Hoy sé que no lo encontraría: el que llegaría no es el que se quedó allí.
Y, aun así, no cambiaría la dirección que sí tomé. Porque, al final, la vida no ha ido tan mal por el camino que elegí sin querer elegir. Quizá por eso puedo permitirme la melancolía sin que duela (demasiado): es la forma que tiene el cariño de seguir mirando un camino que ya no se puede andar.
PD: 40 años he tardado en escribir esto y, entre tú y yo, casi que prefiero no perder del todo esa melancolía que todavía duele un poquito. Creo que daría mucho por volver allí.

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