Empujas la puerta de una sala donde apenas conoces a nadie.

Alguien levanta la vista. Otra persona sonríe. Una tercera apenas te dedica un segundo antes de volver a lo que estaba haciendo.

Todavía no has dicho quién eres, qué haces o qué piensas y, sin embargo, ha empezado a suceder algo.

Todos cuidamos nuestra primera impresión: elegimos la ropa para una entrevista, pensamos cómo saludar cuando conocemos a alguien o procuramos llegar puntuales. Sabemos que ese primer encuentro importa.

El caso es que solemos pensar que la primera impresión dura apenas unos segundos, pero puede que sea lo contrario: la primera impresión no acaba cuando alguien se forma una opinión sobre nosotros; en realidad, es ahí cuando comienza a desplegar sus consecuencias.

Antes de hablar

Leonardo Ferrari recoge en su libro Cómo conocer a las personas por su lenguaje corporal una frase que todos hemos escuchado alguna vez:

«Nunca se tiene una segunda oportunidad de dar una primera impresión».

Siempre la interpreté como una advertencia: aprovecha esos segundos porque no volverán pero, con el tiempo, he llegado a pensar que también explica algo mucho más profundo.

La primera impresión no decide quién eres, decide desde dónde van a interpretar todo lo que hagas después. Me explico:

Si alguien nos inspira confianza desde el principio, le concedemos el beneficio de la duda. Un silencio puede parecernos reflexión; una equivocación, un descuido. Si desconfiamos, ese mismo silencio parece arrogancia; el mismo error confirma lo que ya sospechábamos.

La primera impresión no es una sentencia, es un filtro, y los filtros tienen una peculiaridad: después de colocarlos, cuesta muchísimo recordar que están ahí.

El primer aliento


Hay una novela que lleva esta idea hasta un extremo inquietante.

En El perfume, de Patrick Süskind, el personaje del libro, Jean-Baptiste Grenouille, nace sin olor propio y aprende a fabricar uno capaz de despertar una confianza inmediata en cualquiera que lo inhale. Cuando lo consigue, descubre algo escalofriante:

«Se dio cuenta de que en el fondo podía contar a la gente todo cuanto quería; una vez había ganado su confianza —y confiaban en él tras el primer aliento con que inhalaban su aroma artificial—, se lo creían todo».

No había cambiado la verdad de lo que decía, había cambiado la disposición de quienes lo escuchaban.

Si me conoces sabrás que me apasiona el mundo de la perfumería, quizás por eso siempre me ha parecido que el perfume tiene algo profundamente simbólico. No habla, no explica, no argumenta.

Simplemente llega antes que tú y permanece unos segundos cuando te vas.

Ese simbolismo ocurre también con la ropa, la puntualidad, un apretón de manos, una sonrisa o la manera en que entramos en una habitación. Antes de que podamos contar nuestra historia, esos detalles ya han empezado a escribirla en la mente de quien tenemos delante.

Pero Grenouille da a entender algo que en su día me hizo pensar mucho: si un aroma artificial puede fabricar confianza, ¿qué valor tiene realmente una buena primera impresión?

La cortesía

La respuesta apareció, para mí, en un lugar que no esperaba: un libro de protocolo.

Si me conoces un poquito más a fondo, también sabrás que me interesa mucho el protocolo. Lo descubrí en una formación en la que estuve con el jefe de protocolo de la Casa Real, hace mucho de eso, y he profundizado mucho durante años. No por aprender qué cubierto utilizar o cómo vestir en cada ocasión, sino por lo que esas normas intentan conseguir.

Ramón Piqué lo resume en su libro Vestimenta y protocolo:

«La educación y la cortesía son el mayor signo de elegancia».

Esa frase desplaza el foco por completo. La elegancia deja de ser algo que llevamos puesto y empieza a ser algo que hacemos sentir (y yo coincido plenamente con ello). Para mí, el protocolo consiste precisamente en eso: en conseguir que la otra persona se sienta cómoda, respetada e importante.

En ese mismo libro, Piqué cita también una frase de André Malraux:

«La cultura, el conocimiento y la educación no se heredan, se conquistan».

Y aquí aparece la conexión que realmente merece la pena y da sentido al nombre de esta newsletter:

El poso

Hay dos maneras de llenar los segundos anteriores a la primera palabra: una es el perfume (o tu forma de vestir, de andar o de saludar), es decir, la impresión que preparas para producir un efecto.

La otra es el poso: lo que has cultivado durante años y termina apareciendo sin que tengas que esforzarte por mostrarlo. El oficio de verdad, la palabra cumplida muchas veces, la forma de tratar a quien no tiene nada que ofrecerte y a quien no necesitas impresionar.

El perfume se aplica justo antes de salir de casa.

El poso se construye cuando nadie está mirando.

Lo curioso es que, durante los primeros segundos, ambas cosas pueden parecer exactamente lo mismo, pero no lo son.

Cuando el perfume se evapora

Piensa en alguien, en una cara. El candidato que te deslumbró en la entrevista y no sostuvo el primer proyecto. El proveedor impecable en la reunión que desapareció después de la firma. La persona encantadora la primera noche e irreconocible a la tercera. Seguramente acabas de ponerle nombre (o cara) a cada una.

También puede ocurrir lo contrario. Alguien torpe en el primer encuentro puede convertirse, con el tiempo, en la persona más fiable de tu vida.

La primera impresión importa, pero no siempre acierta.

Su verdadero problema no es que sea superficial, es que mezcla dos cosas que todavía no sabemos distinguir: lo que alguien ha preparado para ese instante y lo que lleva años cultivando sin saber cuándo terminará aflorando.

Por eso ya no creo que haya que escoger entre cuidar la primera impresión o ignorarla. Hay que cuidarla, por supuesto. Llegar puntual, elegir bien las palabras, vestirse para la ocasión o intentar que la otra persona se sienta cómoda son formas de respeto.

Pero una primera impresión debería ser una promesa, no un disfraz. La promesa de que, cuando el perfume se haya evaporado, seguirá quedando algo.

Eso que permanece

Durante mucho tiempo pensé que causar una buena primera impresión consistía en acertar durante los primeros segundos. Ahora creo que esos segundos solo sugieren quién eres, lo que viene después lo confirma o lo desmiente. Son un aroma, no una certeza.

La segunda conversación la pone a prueba, la tercera empieza a revelar el carácter, y lo que hacemos cuando ya no queda nadie a quien impresionar termina dictando el resultado.

La apariencia puede hacer que alguien te mire.

La educación puede hacer que quiera seguir escuchándote.

El carácter decide qué encontrará cuando vuelva.

Porque, sí, tú también estás dejando un aroma ahora mismo, delante de alguien que aún no sabe si fiarse de ti. Antes de decir una sola palabra, ya le estás contando algo.

La única pregunta pendiente de hacer es qué quedará de ti cuando ese aroma se haya evaporado.


El sábado 20 de junio de 2026, un compañero de trabajo dijo de mí, dirigiéndose a otras personas, que «Marc es de esas personas que no caminan, levitan». Sonreí. Pero por dentro me quedé descolocado, porque yo no me siento levitando: la mayoría de los días me siento empujando, como todo el mundo.

Movido por la curiosidad, al día siguiente le pregunté a una IA qué podía querer decir esa frase. Me habló de calma, de naturalidad, de una «elegancia» que tenía más que ver con la manera de comportarse que con la estética. Y ahí estaba lo que me sorprendió: si algo de eso fuera cierto, no sería nada que yo hubiera preparado para que se notara. Sería poso, algo que yo no decido mostrar y que, después de tantos años, aparece solo y ni yo me doy cuenta. Está ahí, acompañando a mi perfume habitual de Diptyque, pero dejando más rastro que ese perfume caro.

Lo escribo hoy, 30 de junio de 2026, 10 días después de descubrir que, parece ser, llevo años dejando un aroma que no sabía que tenía. Gràcies, amic.

Artículo publicado también en mi newsletter de LinkedInSi te gustan las conexiones improbables que cambian cómo ves las cosas, esta es tu newsletter. Gratuita. Cada semana. En español.

Puedes suscribirte gratis a ella en LinkedIn. También la publicaré aquí, en marcalonso.com