Hay árboles que se rompen bajo el peso de sus propias ramas.
No hace falta que llegue una tormenta; a veces basta con que las ramas sigan creciendo, año tras año, hasta que aquello que el árbol ha construido para elevarse termina convirtiéndose en una carga.
Si bien no es un grupo que me apasione, Arde Bogotá tiene canciones que me gustan, y mucho. El otro día escuché por primera vez Olivos, del nuevo disco Manufacturas del Club de la Gente Sola, publicado en octubre de 2026.
Como siempre, las canciones que me encantan lo hacen primero por la melodía; en la segunda escucha, me entran por la letra, y la letra de Olivos me entró hasta lo más profundo.
«A veces, me imagino muerto y me ayuda a relajarme, a callar las palabras. A veces, me imagino seco como un olivo que se parte bajo sus propias ramas».
Es una forma extraña de empezar una canción, lo reconozco. Y no, no habla tanto de querer desaparecer como de necesitar, por un instante, que todo se detenga. Las palabras, las obligaciones, el ruido de la cabeza o esa sensación de tener que estar siempre a la altura de algo, incluso cuando ya no quedan fuerzas.
Hay un momento de la canción que me gustó especialmente, el que habla del deseo de poder desdoblarse, de contemplarse desde fuera y hablar con ese olivo que se rompe bajo sus propias ramas.
Imagino que a ti también te pasa, pero tengo claro lo que le diría a alguien a quien quiero si lo viera soportar ese peso. Probablemente le pediría que descansara, que dejara de exigirse tanto o que se quitase durante un tiempo el peso de tener que demostrar nada.
Sin embargo, cuando el que está al límite somos nosotros, parece que esas mismas palabras pierden su validez. ¿A que a ti también te ha pasado?
Nos creemos comprensivos con los demás, encontramos explicaciones para su cansancio, paciencia para sus errores y razones para que se tomen un respiro. Pero, ay, amigo, con nosotros mismos aplicamos otras reglas: nos pedimos reaccionar, resolverlo y volver cuanto antes a nuestro sitio.
Vamos, como si comprender el cansancio ajeno fuera una virtud y aceptar el propio, una debilidad.
Mi querido Juan Gómez-Jurado lo expresa a la perfección en La leyenda del ladrón, uno de mis libros favoritos de Juan:
«Hay una lección que no te enseña el camino de la espada, Sancho, sino el camino de la vida. Y es que lo más difícil que hay es perdonarse a uno mismo».
Quizá ahí empiece una de nuestras contradicciones más difíciles de reconocer: sabemos cuidar, pero no siempre sabemos tratarnos con el mismo cuidado.
Queremos encontrarnos mejor, recuperar la energía, volver a ser los de antes, lo que me parece comprensible. Pero, a veces, esas ganas se convierten en más exigencia: además de encontrarnos mal, sentimos que estamos fallando por no conseguir encontrarnos bien.
En muchas ocasiones ya no nos basta con atravesar un mal momento, también tenemos que hacerlo deprisa, aprender algo de él y salir convertidos en alguien mejor, como si descansar fuera algo que tuviéramos que ganarnos, como si parar solo estuviera permitido después de haberlo intentado todo y tras sentir que hemos fracasado.
Sucede cuando las ramas del olivo del que habla la canción terminan convirtiéndose en las responsabilidades, los recuerdos, las expectativas, las preocupaciones o incluso las distintas versiones de uno mismo que se acumulan con los años. Es entonces cuando lo que antes formaba parte de su fortaleza acaba convirtiéndose en una carga.
Bien, pues justo ahí, en ese punto, llega la imagen más hermosa de la canción: el deseo de desdoblarse y la primavera que vendrá a abrazar a todos los olivos miserables.
No solo a los que hayan conseguido recuperar su esplendor. Ni a los que vuelvan a dar fruto. Ni a los que demuestren que todavía pueden resistir un invierno más.
A todos.
El deseo de desdoblarse
En esa parte de la canción, Arde Bogotá dice:
«Si solo me pudiera ir con las nubes salvajes
¿Y cómo desdoblarme?
Y ver a este olivo desde fuera y hablarle».
El protagonista no quiere simplemente desaparecer, quiere separarse de sí mismo para poder observarse desde fuera.
Cuando estamos atrapados en nuestro propio sufrimiento, todo parece absoluto. No vemos una persona que está atravesando un momento difícil: sentimos que nosotros somos ese momento difícil.
No pensamos que estamos agotados, sino que somos incapaces. No sentimos que estamos perdidos, sino que nuestra vida carece de dirección. La posibilidad de desdoblarse, aquí, representa la posibilidad de tomar distancia de uno mismo, de convertirse, por un instante, en alguien capaz de observar con compasión aquello que normalmente juzga.
Es más, fíjate en algo muy concreto: el protagonista no dice que quiera contemplar el olivo para analizarlo, corregirlo o reprocharle sus errores. Quiere hablarle.
Sí, es más fácil encontrar palabras amables para alguien que sufre cuando ese alguien no somos nosotros. Si viéramos nuestro dolor desde fuera, tal vez dejaríamos de exigirnos tanto.
La primavera y la esperanza
Que hay algún lugar donde el aire
Huele a sal y viene a contarte
Que, a todos los olivos miserables
Vendrá la primavera a abrazarles
La primavera no les pide a los olivos que se recuperen antes de acercarse, tampoco les exige que levanten sus ramas ni que justifiquen por qué han llegado a ese estado. Simplemente, viene a abrazarlos.
Me gusta esa idea porque cambia el orden de las cosas. Estamos acostumbrados a pensar que primero tenemos que salir adelante y después podremos descansar, disfrutar o permitir que nos cuiden. Que el alivio llegará cuando hayamos hecho lo suficiente para merecerlo.
Pero ¿y si no fuera así? ¿Y si no tuviéramos que esperar a encontrarnos bien para empezar a tratarnos bien?
Creo que no siempre necesitamos encontrar la manera de elevarnos. Tal vez, antes de intentarlo otra vez, lo que necesitamos es dejar de hundirnos bajo el peso de nuestras propias expectativas.
Y no se trata de convertir cada caída en un aprendizaje, de hacer caso a todos esos libros de filosofía barata o motivacionales que se encuentran a patadas en aeropuertos o estaciones de tren. No, no va de eso ni de convertir cada dificultad en una oportunidad, ni cada pausa en el principio de una versión mejorada de nosotros mismos.
A veces, estar mal es simplemente estar mal, y lo que necesitamos no es una nueva estrategia para volver a funcionar, sino un poco de espacio, tiempo y cariño para atravesarlo.
Cuando pienso en mi amiga
Pienso en ello y me acuerdo de una amiga a quien quiero mucho. Alguien que ha pasado demasiado tiempo intentando hacerlo todo bien, respondiendo a todo y estando a la altura de todo, y que ahora necesita algo que quizás nos cuesta más ofrecer que cualquier consejo: permiso para no poder con todo.
No sé cuándo llegará su primavera y tampoco creo que nadie deba ponerle una fecha. Solo espero que, mientras llega, pueda dejar de medir sus días por lo que consigue hacer en ellos. Que no confunda esta pausa con un fracaso ni la necesidad de cuidarse con una falta de fortaleza. Que no sienta que tiene que volver a ser quien era para merecer el cariño de quienes la queremos.
Para llegar ahí, creo que lo más importante es encontrar la manera de mirarse desde fuera y hablarse como hablaría a alguien a quien quiere, porque todos llevamos dentro un olivo al que llevamos demasiado tiempo pidiéndole que crezca, que resista, que vuelva a dar fruto. Pero hay momentos en los que lo más importante no es ayudarle a levantarse, sino acercarnos a esa persona y recordarle que no tiene que hacerlo todo sola.
Sí, querida amiga: también puedes descansar, también puedes dejarte cuidar. No tienes que demostrar nada más porque no tenemos que florecer para merecer la primavera.

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