Hay lugares a los que dejamos de ir para que no cambien.
Durante años pensé que, mientras no volviera a Castelldefels, aquel verano de 1986 seguiría exactamente donde lo había dejado. Como una fotografía guardada en un cajón: el tiempo podía pasar por encima de nosotros, pero no por encima de aquel recuerdo.
Volver suponía correr un riesgo. ¿Y si la casa ya no estaba? ¿Y si la calle había cambiado? ¿Y si el lugar que recordaba con tanta nitidez no tenía nada que ver con el que encontraría cuarenta años después?
Mientras no fuera, todavía podía conservarlo intacto.
Hace cuatro meses, en el número sobre la dirección no tomada, escribí que no volver era sensato. Escribí, apoyado en Sabina y en García Márquez, una frase que me parecía definitiva:
«Hoy sé que no lo encontraría».
Hoy tengo que corregirme.
Hoy, domingo 25 de octubre de 2026, volví, y lo primero que reconocí no fue una imagen, fue un olor.
El aroma de los cipreses mezclado con la sal del mar, algo que seguía guardado en algún lugar de mi memoria. Bastó respirar para que el tiempo dejara de avanzar en línea recta.
No tuve que reconstruir 1986 pieza a pieza: me bastó con respirar.
Marcel Proust lo dejó escrito hace más de un siglo, en Por el camino de Swann: el narrador moja una magdalena en el té y, sin proponérselo, le vuelve entero el pueblo de su infancia. No lo recuerda, le vuelve.
Un olor, un sabor puede abrir una puerta que la memoria voluntaria lleva años intentando encontrar. De pronto, el pasado deja de ser una historia que nos contamos y se convierte en algo que volvemos a sentir.
Quizás por eso algunos recuerdos sobreviven a los años sin que sepamos muy bien cómo. No los conservamos nosotros, los conservan los sentidos, a la espera de que algo los despierte.

Hoy había algo más.
El lugar seguía allí y no solo en mi recuerdo. La casa, la calle, los detalles que había imaginado tantas veces: todo parecía haber resistido el paso del tiempo.
Hay sitios que no cambian porque alguien los ha cuidado durante cuarenta años sin saber que lo hacía también por ti.
Y, sin embargo, yo sí he cambiado.
En aquel verano de 1986 me fui convencido de que no volvería. Dejé atrás una casa, una etapa de mi vida y a personas que, con el tiempo, acabarían formando parte de esa clase de recuerdos a los que uno regresa sin saber muy bien qué está buscando.
Entre ellos estaba Martín, el amigo de aquella época.
Quizás uno de los motivos por los que he tardado tanto en volver fuera precisamente ese: la sospecha de que regresar a un lugar también significa encontrarse con todo lo que ya no está. Con las personas que han seguido su camino, con las versiones de nosotros mismos que no podemos recuperar y con las preguntas que el tiempo no siempre responde.
Porque a veces no nos da miedo que un lugar haya cambiado, nos da miedo que siga igual.
Que la casa permanezca en pie, que la ventana continúe en su sitio, que el olor siga siendo el mismo… y que, aun así, nosotros ya no podamos habitar aquel recuerdo de la misma manera.
Viajamos para vivir y vivimos para recordar
Francesc Miralles tiene una novela, Interrail, sobre un agosto de viaje a los veinte años. En ella aparece una frase que escribió:
«Viatgem per viure i vivim per recordar» (viajamos para vivir y vivimos para recordar).
Pero quizás exista un movimiento inverso que hacemos con menos frecuencia: regresar para descubrir que un recuerdo no tiene por qué quedarse encerrado en el pasado. Que podemos volver a un lugar sin exigirle que nos devuelva a quienes éramos. Que no necesitamos recuperar lo que vivimos para permitir que siga formando parte de nosotros.
A veces basta con comprobar que aquello existió, que no lo inventamos. Que hubo una casa, una ventana, un verano y una vida que, durante un tiempo, fue exactamente aquella.
Y que podemos mirarla de nuevo sin quedarnos atrapados en ella.
Ahora te toca a ti: piensa en tu lugar. La casa del pueblo donde pasabas los veranos con tus abuelos. La playa donde aprendiste a nadar. La calle donde montaste en tu primera bicicleta.
No sé qué te encontrarías. Es posible que haya cambiado y que Sabina tenga razón contigo. Pero quizás lo que te frena no sea el miedo a no reconocerlo. Quizás sea el miedo a encontrarlo.
Hoy fui a Castelldefels con mi mujer y mis dos hijos. Vi la ventana de la que había sido mi habitación, en la antigua portería.
En 1986, en el asiento de atrás del SEAT 127 de mis tíos, yo era alguien que sabía, sin querer saber, que aquello ya solo serviría para recordarlo.
Ese día me fui sabiendo que no volvería.
Esta vez me fui sabiendo que quiero volver.
Quizás el lugar no necesitaba que regresara. Quizás era yo quien necesitaba dejar de despedirse de él.

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