Te ha pasado o te pasará: alguien te ofrece conservar algo que necesitas, como el puesto o el cliente a cambio de algo que no se ve. Nadie pide traiciones con esas palabras, te pedirán ser razonable, que es como se pronuncia «traición» en horario de oficina.

Algo similar escribió Ildefonso Falcones en su libro La catedral del mar:

«Te hablarán con serenidad y buenas palabras, tan cultas que no alcanzarás a entenderlas. Tratarán de convencerte con argumentos que sólo ellos saben hilvanar hasta adueñarse de tu razón y tu conciencia».

Y llega un día, de repente, que descubres que llevabas años confundiendo dos palabras que nunca estuvieron en el mismo bando: reputación y conciencia.

Woody Allen.

Mi admirado Woody Allen dedica buena parte de A propósito de nada a la más amarga de sus lecciones. Difamado, según sostiene él mismo —la causa nunca llegó a juicio, nunca fue procesado ni imputado y las investigaciones concluyeron que no había pruebas sólidas—, Allen es aquí la lente, no el veredicto. Resume así lo que aprendió: 

«Qué poco sabía yo: una vez difamado, siempre vulnerable». 

Conservó lo que él considera su verdad y perdió la otra mitad para siempre. Su conclusión tiene la elegancia de las derrotas asumidas: 

«Antes que vivir en los corazones y las mentes del público, prefiero seguir viviendo en mi apartamento».

Apostó por su conciencia, pero la reputación jamás volvió.

Yo.

Salvando, y mucho, las distancias, en agosto de 2012 me tocó elegir entre dos posibles decisiones. Hacía años que yo había ascendido a dirección y había recomendado a un amigo en mi antiguo puesto: la empresa lo entrevistó, lo fichó y, con el tiempo, demostró que ese puesto era para él. En plena crisis, al volver de vacaciones, dirección me comunicó que mi puesto desaparecía. Entonces llegó la oferta razonable: volver a mi antiguo puesto y no perder mi trabajo porque me valoraban mucho. «Solo» había que despedir antes a mi amigo.

Pedí que el despedido fuera yo. ¿Con qué derecho iba a aceptar que le echaran para tener trabajo yo y quedarme con su puesto? Porque sí, ese era ya su puesto, no el que yo dejé para ascender a dirección, ese puesto ya no me pertenecía, era de él. Así que me fui al paro, con mi segundo hijo recién nacido y sin nada esperándome.

Confieso que los siguientes meses fueron duros, aunque, por suerte, fueron escasos. Muy poco después vinieron RAC1, la Cadena SER, Macnificos, LinkedIn Learning y los proyectos propios. Probablemente esa fue la decisión más arriesgada que he tomado nunca. Aposté por mi conciencia; la reputación, esta vez, vino detrás. Pero, incluso si nada de eso hubiera ocurrido, creo que habría vuelto a tomar la misma decisión.

El mismo principio, dos desenlaces opuestos.

Entonces, ¿para qué sirve el principio?

Quizás la respuesta es que la reputación no se puede gestionar porque no es tuya: vive en cabezas ajenas y depende del momento, del reparto, de un rumor con buena distribución. Gestionar la reputación es como gestionar el clima, más bien complicado.

O quizás, y esto es lo que hace años que pienso, seguimos intentándolo porque la reputación da métricas y la conciencia no. Una se mide en seguidores, recomendaciones o menciones; se puede optimizar e incluso comprar. La otra no cotiza, no se exhibe, y nadie suele felicitarte por tenerla. A veces elegimos cuidar la que se puede enseñar.

Sería bonito venderte la siguiente fórmula: haz lo correcto y la reputación acabará llegando. Allen desmonta el cuento y sospecho que yo escribo este epílogo porque me salió bien (los que hicieron lo mismo y siguieron en el paro no escriben posts).

Lo único honesto que puedo decir es esto: de las dos, únicamente una depende de ti, y solo descubres cuál tienes el día que cuesta algo.


Piensa en tu versión de la oferta razonable: el informe que te piden suavizar porque ese cliente factura mucho; el silencio que guardas en la reunión donde se decide el despido de alguien que tú recomendaste; la firma que estampas en un plazo que sabes que va a ser imposible.

La reputación te la pueden quitar mañana por la mañana, y no hará falta que sea verdad. Umberto Eco escribió en Número Cero:

«Tengan en cuenta que hoy en día, para rebatir una acusación, no es necesario probar lo contrario, basta deslegitimar al acusador».

La reputación vive en la memoria de los demás; la conciencia, en la tuya. El día que te toque elegir entre las dos, y te tocará, solo una estará contigo por la noche, cuando la casa se quede en silencio justo antes de dormir.


Agosto de 2012. Aquella noche, recién apuntado al paro y con dos hijos, dormí más tranquilo que en todos mis años de despacho. Hoy sigo haciéndolo. Aquí puedes leer el post que escribí en su día: Mi sabia y honrada decisión.

Este soy yo en el portal de la casa de Woody Allen en el Upper East Side de Nueva York

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