Tu hijo lleva cuarenta segundos peleándose con la cremallera del abrigo. Llegáis tarde. Sabe hacerlo porque lo ha hecho otras veces, pero hoy la cremallera no entra, y tú miras el reloj. Tu mano ya está en el aire antes incluso de que hayas decidido nada.
Sí, efectivamente: la subes tú y ganáis un minuto (o quizás 30 segundos), pero no eres consciente de lo que se acaba de perder. Lo curioso aquí es que siempre sabemos lo que ganamos: un minuto, llegar puntuales o evitar una rabieta; lo que nunca sabemos es qué habría ocurrido si hubiéramos esperado treinta segundos más.
Hay gestos que parecen insignificantes, y subir una cremallera es uno de ellos. Sin embargo, una parte de la educación consiste precisamente en decidir cuáles de esos pequeños gestos dejamos de hacer.
En la biografía que Ashlee Vance escribió sobre Elon Musk hay una confesión que no encaja con el personaje. Al hombre que fabrica cohetes le preocupa no saber fabricar una cosa: la escasez que lo hizo fuerte. Vance cuenta que Musk siente que el sufrimiento le ayudó a convertirse en quien es, y entonces plantea una pregunta sorprendente:
«¿Qué hago yo? ¿Crear adversidad artificial? ¿Cómo se hace eso?»
El hombre que resuelve lo irresoluble (pagos por internet, coches eléctricos o aterrizar un cohete de pie) se queda sin respuesta ante la pregunta que cualquier padre se hace, cada uno a su escala: si mis hijos no van a pasar por lo que yo pasé, ¿qué pongo en su lugar?
Dan Brown propone una respuesta distinta en Ángeles y demonios con una parábola. Un padre ve a su hijo montar en monopatín mientras sabe que va a caerse. Podría impedirlo pero elige no hacerlo:
«El dolor es parte del crecimiento. Es como aprendemos».
Parecen la misma respuesta y son opuestas. Musk quiere fabricar la adversidad: dosificarla, supervisarla, diseñarla como un producto más. El padre del monopatín no fabrica nada: deja de impedir el dolor que la vida ya trae de serie. La diferencia está en quién conserva el mando: en la versión de Musk, hasta el sufrimiento es algo que el padre administra, algo que no deja de ser otra forma de sobreprotección. En la del monopatín, el padre lo suelta, que es lo más difícil de todo esto.
¿Se puede regalar la escasez?
Llevamos años intentando fabricar una infancia «difícil», o mejor dicho, «no sencilla»: campamentos sin cobertura, pagas recortadas, veranos trabajando… Pero quizá la escasez nunca fue eso. Otra forma de verlo, y esta me gusta más: que lo que te hizo fuerte no fue la dificultad, sino que nadie la estaba administrando. Una escasez con red de seguridad y supervisión parental no es tu infancia: es un parque temático de tu infancia, y los niños distinguen el decorado mucho antes que nosotros.
Piensa en algo que hayas filtrado esta semana: la mochila que acabaste haciendo tú; la discusión del parque en la que mediaste al primer empujón; el problema de matemáticas que resolviste «solo por hoy» porque ya estaba la cena hecha. Cada una tiene una justificación impecable: ibais tarde, iban a hacerse daño o era tardísimo.
No tengo el criterio que separa el dolor que enseña del que solo duele, ojalá. Lo que sé es que desconfío de quien diga tenerlo (y mi único consuelo es que el hombre más rico del mundo tampoco lo tiene).
La adversidad de tus hijos llegará de todos modos; no se puede impedir, solo aplazar. La única variable que controlas es si los encuentra entrenados o estrenando decepciones en la vida. Tu mano ya está en el aire, como con la cremallera. La pregunta que me hago cada día es si baja. Hoy ha bajado, ¿y mañana?
Con los años he terminado pensando que el trabajo de un padre no consiste solo en enseñar a levantarse, consiste en saber cuándo dejar de agacharse él.
Julio de 2026. Por más que pasen los años y a pesar de saber que era por su bien, siguen doliéndome algunos tropezones que permití que mis hijos se diesen. En su momento también dudé, también quise evitarles el golpe. Hoy solo espero haber acertado al retirar la mano unos segundos antes, porque quizás educar no consista en evitar todas las caídas. Quizás consista en que, cuando lleguen, ya no necesiten que alguien les suba la cremallera.

Artículo publicado también en mi newsletter de LinkedIn. Si te gustan las conexiones improbables que cambian cómo ves las cosas, esta es tu newsletter. Gratuita. Cada semana. En español.
Puedes suscribirte gratis a ella en LinkedIn. También la publicaré aquí, en marcalonso.com
Deja una respuesta