Hay personas a las que no ves durante meses y, cuando vuelves a encontrarlas, tardas unos minutos en darte cuenta de que algo ha cambiado.
No sabes exactamente qué: hablan igual, se ríen igual, incluso hacen los mismos gestos, pero tú notas algo distinto.
¿Cuándo ocurrió? Estoy convencido de que no ocurrió ese día.
Los padres conocemos muy bien una experiencia extraña: vemos a nuestros hijos todos los días y, precisamente por eso, nos cuesta ver cómo cambian. No los vemos crecer de golpe: los vemos dejar de necesitar algo. Dejan de preguntarnos ciertas cosas, empiezan a cerrar puertas y un día hacen solos algo para lo que antes nos necesitaban.
Ese día no es el del cambio, es el día en que un cambio que llevaba meses ocurriendo por fin se deja ver.
Los vemos todos los días y, sin embargo, muchas veces necesitamos que alguien que llevaba un año sin verlos nos diga: «¡Madre mía, cuánto han cambiado!».
Ver a alguien cada día no es la mejor forma de verlo cambiar, para eso hace falta una mirada que haya estado lejos.
El hombre del espejo
Con nosotros mismos pasa algo parecido, con una diferencia: nunca pasamos un año sin vernos.
No hay una mañana en la que te despiertes y digas: «Ya no soy el de antes». No hay una fecha que puedas marcar en el calendario y escribir: «Aquí terminó una versión de mí y empezó otra».
Seguimos haciendo la compra, trabajando, llevando a los niños al colegio, contestando mensajes, celebrando cumpleaños y preocupándonos por las mismas cosas. La vida continúa mientras nosotros cambiamos, por eso no nos damos cuenta: porque seguimos reconociéndonos en medio de la transformación. Hasta que un día algo, como una canción, una fotografía, una conversación o una persona a la que hacía tiempo que no veíamos, nos coloca delante de un espejo distinto. Y entonces aparece la pregunta que Coque Malla plantea en su canción «La señal»:
«¿Quién es el hombre del espejo? No se parece nada a mí».
Lo más curioso de la respuesta es que sí se parece: sigue siendo uno mismo.
¿Quiénes somos?
En mi cuaderno de citas de libros que he ido leyendo encontré una el otro día que anoté del libro Cuerpo y prótesis de Juan José Millás, una cita con la que reflexiona sobre la identidad:
«Ignoramos quiénes somos, todos tenemos la impresión de ser alguien, quizás porque si me preguntas en qué consiste la identidad, no lo sé, pero si no me lo preguntas, lo sé».
Pero la frase no nació con él. Es un eco de San Agustín, que en sus Confesiones se hacía la misma pregunta sobre el tiempo:
«¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé».
Millás traslada la duda del tiempo a la identidad, y lo que a mí me inquieta está justo en el cruce de las dos frases: quiénes somos mientras pasa el tiempo.
Todo esto me lleva a plantearme otra pregunta: ¿cómo podemos saber que hemos cambiado si tampoco sabemos exactamente quiénes éramos?
Nos reconocemos porque conservamos nuestros recuerdos, nuestras costumbres, nuestra forma de hablar. Lo hacemos porque seguimos respondiendo al mismo nombre y nos contamos nuestra vida como si siempre la hubiera vivido la misma persona. Pero basta con mirar hacia atrás para descubrir que algunas cosas ya no nos importan, que otras nos duelen de otra manera y que hay decisiones que hoy tomaríamos de forma distinta.
No sabemos cuándo ocurrió, solo sabemos que ha ocurrido. Quizás crecer no sea convertirnos en alguien distinto, sino mirarnos de vez en cuando y descubrir que llevábamos mucho tiempo cambiando sin darnos cuenta y que, a pesar de todo, el hombre del espejo seguimos siendo nosotros.
Por eso nos cuesta tanto despedirnos de algunas versiones de nosotros mismos: no hubo un último día ni una despedida. Se fueron mientras hacíamos la compra y contestábamos mensajes, y como nunca podemos alejarnos de nosotros mismos, necesitamos que alguien nos devuelva esa mirada que ha estado lejos. La pregunta es qué ve cuando nos mira: ¿a otra persona, o a la misma que no ha dejado de cambiar?
Octubre de 2026. Llevo meses dándome cuenta de lo mucho que he cambiado a pesar de seguir siendo el mismo (o de creer que sigo siéndolo).

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