Tengo un WhatsApp sin contestar desde hace varios días y sé perfectamente por qué: sé que mi respuesta no va a gustar y estoy buscando la manera de decirlo.

Mientras tanto, si alguien tarda unas horas en contestarme a mí, mi cabeza no suele concederle tanta paciencia.

Cuando eso sucede, mi cabeza empieza a imaginar cosas como «estará molesto», «le habrá sentado mal», «ya no le interesa»… El mensaje sigue siendo exactamente el mismo: la respuesta sigue sin existir, no se ha escrito ni enviado. Pero en mi cabeza ya ha ocurrido algo.

Tiene narices que, cuando el silencio es mío, tiene contexto; cuando es del otro, tiene significado.

Yo sé que no estoy ignorando a la persona cuyo mensaje llevo días sin contestar. Sé que estoy pensando cómo responderle, sé lo que ha ocurrido antes y sé lo que me pasa por dentro. La otra persona no sabe nada de eso.

La otra persona solo ve que no contesto. Y si lo pienso fríamente, yo tampoco sé qué ocurre cuando alguien no me contesta, simplemente veo que no contesta. Ahí es donde empieza el problema.

Los huecos

No soportamos demasiado bien los huecos. Donde faltan hechos, solemos poner explicaciones y, muchas veces, esas explicaciones hablan más de nosotros que de la persona que está al otro lado.

Hay una frase del libro La historiadora, de Elizabeth Kostova, que subrayé nada más leerla en noviembre de 2012:

«Donde no he podido explicar los hechos o los motivos, los he dejado sin explicar, por respeto a sus realidades ocultas».

Dejar algo sin explicar. Eso es lo difícil y, a la vez, lo inteligente. Aceptar que alguien puede tardar en responder y que, por ahora, simplemente no sabemos por qué.

Puede estar enfadada, puede estar ocupada o puede estar pensando qué decir. Podría pasar que simplemente no tenga ganas de contestar, que no tenga nada que ver con nosotros o pueda que sí, no lo sabemos.

Deduzco que, según Kostova, lo más inteligente es dejar ese pequeño hueco como está, sin rellenarlo.

Y ahí me acuerdo de otra frase, esta vez de Carlos Ruiz Zafón, en el libro El juego del ángel:

«No había más bien o mal en este mundo del que imaginamos que hay».

¿Quizás el silencio tampoco sea tan claro como queremos que sea? Si me detengo a pensarlo me doy cuenta de que, a veces, la ofensa no está en lo que ha ocurrido, está en lo que hemos imaginado que ha ocurrido.

Aquí tengo que ser honesto: mi silencio no es tan inocente como me gusta pensar. Me digo que estoy «pensando cómo responder», y es verdad. Pero también estoy retrasando algo que no quiero decir, de forma que si la otra persona sospecha que pasa algo, tiene razón.

Así que no se trata de que nuestras suposiciones sean siempre falsas, a veces aciertan. El problema es que, incluso cuando aciertan, no sabemos todo lo que hay detrás. Esa es la parte que Kostova intentaba explicar: no son los motivos, sino sus realidades ocultas.

Mientras tanto, yo llevo varios días pensando cómo responder a un mensaje que sé que no va a gustar, quizá alguien esté haciendo exactamente lo mismo con el mío. Ninguno de los dos lo sabe.


Septiembre de 2026. Hoy te escribo, prometido 😉

Imagen generada con IA

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